Independientemente de los resultados de las elecciones regionales del 23N y sus consecuencias políticas inmediatas y futuras, es urgente estudiar en profundidad la nueva sociología del venezolano. Hasta ahora se há mantenido el criterio, unánime por demás, que somos un pueblo cuyas virtudes superan ampliamente sus defectos pero, hasta donde es esto verdaderamente cierto?
Si nos hacemos eco de la sabiduría popular, ésta nos dice que "los pueblos tienen los gobiernos que se merecen" y, si como todos sabemos, el gobierno y el Estado están representados por una misma persona, debemos inferir que, mayoritariamente y por ahora, el pueblo se corresponde y es semejante a las características personales del presidente, es decir, a imagen y semejanza de Hugo Chávez.
De ser esto cierto -habrá quienes, por congraciarse con el "soberano", se manifestarán radicalmente en desacuerdo con esta hipótesis- se debe repensar la forma de hacer política de oposición en este pais porque el mensaje estaría siendo dirigido a un receptor inexistente y, por consiguiente, sería imposible alcanzar los objetivos propuestos.
Hay quienes afirman que la conexión de Chávez con el pueblo es porque actua como un predicador, como un representante más de Pare de sufrir y, en consecuencia, como un embaucador que se aprovecha del dolor ajeno para su beneficio personal. Pero como queda, en este escenario, la violencia brutal que se há desatado a lo largo y ancho de Venezuela? Violencia totalmente desconocida hasta la llegada de "la revolución", tanto a nivel de hogar como a nivel público. Violencia que no distingue de menores, mujeres, ancianos, es decir, no se salva nadie. Violencia caracterizada por el resentimiento y el ensañamiento, practicada tanto por ciudadanos como por funcionarios del régimen. Violencia institucional utilizada implacablemente para reducir la disidencia judicializando el ejercicio de la política. Violencia reflejada en la exclusión masiva de la disidencia a sus derechos constitucionales. Violencia que irreespeta nuestras costumbres, creencias religiosas y, peor aún, la distorsión perversamente interesada de nuestra historia republicana.
Como si esto fuera poco, el lenguaje grosero, vulgar, escatológico y calumniosamente ofensivo que caracteriza a la jerarquía oficialista y celebrada delirantemente por sus seguidores, desdice mucho de nuestros valores como pueblo o, en el mejor de los casos, lo poco arraigado que pudieron haber estado en nuestra conciencia colectiva, como para haber dado paso a esta condición de barbarie en la cual nos encontramos sumergidos.
Definitivamente, debemos hacer un supremo esfuerzo para reencontrarnos con lo que creemos es nuestra venezolanidad real, como los verdaderos herederos de El Libertador Simón Bolívar... así lo creo!
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sábado, 1 de noviembre de 2008
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